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María Garzón: Victorias efímeras

Posted By on septiembre 4, 2020 in Nuestros Filósofos | 1 comment

María Garzón: Victorias efímeras

Admiración es lo que siento por María Garzón. Y por encima de todo orgullo de conocer a una persona increíblemente noble y valiente. Porque es integridad y valor (con doble sentido) lo que desprende por cada poro de su piel cuando lucha por acabar con las injusticias, cuando se deja el alma trabajando por los derechos de las mujeres. Licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas (e hija del juez Baltasar Garzón), su compromiso por aquello que realmente importa es el motor de su vida. Sin atisbo de dudas, la coherencia y los valores la definen como un ser humano necesario. Y por todo ello necesitamos muchas más como ella. 

Como Garzón y Molina que eres, eres un ser humano imprescindible María.  

Mia Men

Mucho se ha teorizado sobre los efectos de la falta de memoria colectiva en una sociedad; sobre las consecuencias de la falta de conciencia de la ciudadanía sobre cómo se ha llegado al momento actual, de por qué se gozan de los derechos que se tienen en este momento, de por qué quedan muchos por conquistar, o por qué hay algunos que sólo se pueden ejercer a medias. España no es diferente en este sentido. Nuestra sociedad se enfrenta ahora mismo a una pandemia global que, más allá de los efectos devastadores sobre la salud y la vida de muchas personas, tendrá efectos sobre nuestro imaginario colectivo, sobre nuestra manera de interrelacionarnos y sobre el futuro que cada día vamos construyendo. Es por eso que, una vez más, se hace necesaria una reflexión sobre nuestro pasado para entender cómo estamos reaccionando a la pandemia, no sólo sanitaria sino socialmente, y repensar cómo queremos que sea nuestro futuro. 

Vemos estos días como la crispación y de insulto ha abandonado el protegido anonimato de las redes sociales donde llevaban tiempo campando a sus anchas para ocupar espacios públicos, en el Parlamento y en las calles de las principales ciudades. En un claro ejemplo de como las victorias en la conquista de los derechos son efímeras si no se han trabajado profundamente, veo como compañeras feministas están siendo agredidas verbal y físicamente por defender o haber defendido los derechos de las mujeres y una igualdad que dista mucho de estar conseguida. Además, sindicalistas, artistas republicanos, periodistas, están siendo señalados y,  aunque poco se reseña en los medios de comunicación, tras las últimas manifestaciones de corte fascista en las ciudades españolas, agredido en Málaga, Granada, Madrid y Barcelona, al albor de una masculinidad hegemónica que se ha perpetuado ante la falta de políticas serias y de calado en una España que abrazó el progreso y el capitalismo pero que se dejó por el camino la Memoria, la Justicia, los derechos de las mujeres y la conciencia crítica, entre otras muchas cosas. 

Recuerdo mi adolescencia, cuando veía grupos de los llamado cabezas rapadas que quedaban cerca de mi casa para bajar a Madrid a pegar a “rojos, maricones y negros”. Recuerdo ver agresiones en el metro, en parques, a desconocidos y a amigos; y aunque soy consciente de que nunca han desaparecido, sí son situaciones que parecían haber pasado a un plano residual en una España más tolerante, que acabó asimilando la normalidad que tienen los matrimonios entre personas del mismo sexo, que clamaba por los derechos de los mayores, y de los colectivos más vulnerables, o que recientemente salía en masa sin miedo a decir que el feminismo es sinónimo de derechos, de avance, de igualdad, de una sociedad más sana y respetuosa. 

Sin embargo, lo que tenemos ahora mismo es bien distinto. Cincuenta y dos diputados elegidos democráticamente por más de tres millones y medio de ciudadanos y ciudadanas están clamando contra todos esos logros desde las tribunas parlamentarias. Sus ideas están calando en cada vez más gente en una situación de vulnerabilidad como la que vivimos ante el COVID-19 y aquello que creíamos olvidado vuelve como una pesadilla no superada en nuestra realidad. 

Hace 6 años comencé a dar talleres a adolescentes sobre los derechos de las víctimas a la verdad, la justicia y la reparación, como garantías de no repetición. Entonces, ponía la llamada “Ley Mordaza” como ejemplo de derechos recortados, pero no sólo esto, también los recortes en Sanidad y Educación, cuyos efectos, hemos visto aflorar de la peor de las maneras en estos días. Apenas unos años después me duele tener que reconocer que mis palabras sobre la obligación de poner conciencia como pueblo, como sociedad, de lo que nos había costado ganar estos derechos y de la necesidad de poner coto a la impunidad en este país, estaban en lo cierto. ¿O acaso se nos han olvidado ya que antes de la pandemia había amenazas a profesores por hablar de igualdad y derechos a nuestros chavales? 

Es necesaria una reflexión del sistema, profunda, pues ver estos efectos no me hace sino pensar en la responsabilidad de aquellos que no reforzaron la educación sino que dejaron que se fuera deteriorando, convirtiendo las escuelas más en una fábrica de producción que en un laboratorio de ideas y creación de conciencia crítica; y también en la de los que no supieron ser valientes y ejecutar políticas de Memoria de calado, que rompieran de una vez por todas con la impunidad de un sistema dictatorial corrupto, racista, homófobo y misógino. Fue un error que se olvidaran de todo esto en pos de una sociedad armada sobre los pilares del individualismo, del “yo me lo merezco” y de la desmemoria. La impunidad es muy peligrosa y el desconocimiento de la propia historia, sumado a una incultura generalizada en un mundo de consumo y de lo superficial, un coctel perfecto para que aflore la insolidaridad y la intolerancia.

Debemos salir reforzados de esta crisis y eso pasa por repensarnos como sociedad. Debemos pensar en el grado de responsabilidad de cada uno y exigir que los que nos gobiernan no se enzarcen en peleas con aquellos que sólo buscan provocarles. Que abracen su responsabilidad y que tomen las riendas, pero mirando al pasado, aprendiendo de él para no cometer los mismos errores, sean propios o ajenos, pues eso poco importa si pensamos en lo colectivo. El COVID19 nos ha demostrado que la sociedad del bienestar no es tan cómoda como pensábamos y que las victorias son efímeras si no se hacen políticas públicas de calado, estructurales, que pongan en valor los derechos humanos como principal pilar, lo público como prioritario, y la conciencia crítica de la ciudadanía como imprescindible para hacernos más libres, y avanzar como especie en un entorno que nos pone a prueba, y lo seguirá haciendo. 

María Garzón

1 Comment

  1. Alberto 6 septiembre, 2020

    Tan interesante como siempre, los escritos y reflexiones compartidas de María Garzón

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